21 de marzo de 2016

SEMANA DE PASIÓN

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"La primavera vendrá
cuando tu mano cerrada
iracunda contra el frío,
se abra despacio en el aire"

M. Altolaguirre


Empieza la primavera y es el día mundial de la poesía, pero nada de eso puede consolarme de que también empieza la semana santa. Odio la semana de pasión. Con pasión la odio. Desde niña. Eran vacaciones feas, mucho más cortas que las de Navidad y a las que además había que restarles las horas interminables de Iglesia. Odio la semana Santa. Odio la apología casi obscena del dolor y la sangre de las procesiones, odio el sonido chirriante del clarín destemplado, odio el perfume dulzón de los claveles machacados en la calle, odio la aberrante  e incomprensible  costumbre de que un preso, casi siempre un traficante, sea indultado porque así lo pide una cofradía. Odio las torrijas y las roscas de anís. Odio la limonada. Odio sincera y apasionadísimamente los garbanzos con bacalao.



***Durante años el fabuloso entierro del Genarín me compensaba por todo lo demás, pero desde que tengo que pasar el jueves santo en casa de mi suegra en vez de acompañar al paso de la Moncha todavía odio la semana santa mucho más. Y mejor. Volveré cuando termine. Si sobreviví.

14 de marzo de 2016

BLACK & WHITE

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¿Para qué sirve la pintura blanca? ¿Y la negra? La negra lo enfosca todo de mala manera y cuando un niño pequeño hace uno de esos prodigiosos autorretratos en el que, inexplicablemente, tú también lo reconoces y quiere colorear su pelo obtiene un gorro de lana que en nada se asemeja al cabello humano. La blanca únicamente se ve sobre cartulina negra, lo cual se traduce en que casi nunca sirve para nada. Pero, pese a que ésta es una verdad universal,  en todas las cajas  de todas las marcas de todas las pinturas de doce colores  se siguen incluyendo, obcecada y estúpidamente, una pintura blanca y una negra. Las dos suelen permanecer  sin estrenar cuando ya las otras: roja, verde, rosa, amarilla y azul cyan han sido tantas veces afiladas que resultan difíciles de asir de puro mínimas. 

Sin embargo, si quieres obtener lo que los niños de mi generación llamábamos "color carne" queriendo decir "color piel",  tienes que comprar una caja de al menos 24 colores. O pintar caras y manos de color naranja consiguiendo el tan particular como desagradable tono de piel de la ex-ministra Ana Mato quien, por cierto, acaba de obtener del congreso una indemnización de 53463 €  porque la criatura, pobre, no encuentra trabajo. Normal. Ha acreditado sobradamente que no sirve para nada. Como la pintura blanca.

4 de marzo de 2016

EL GOCE DE ESTAR TRISTE

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Sólo me queda el goce de estar triste,
esa vana costumbre que me inclina
al sur, a cierta puerta, a cierta esquina

J.L Borges


Aprendí de Paradela que los tarros de salsa de  tomate casera es mejor guardarlos boca abajo y que si preparas el adobo (ajo, sal, perejil) con antelación y lo guardas en un recipiente de cristal en la nevera puedes tenerlo siempre listo y ahorrar mucho tiempo. También que uno debe dejar de beber cuando colocando los dedos índice y corazón  a ambos lados de la nariz los nota como ausentes y que envejecer es  comprobar como se nos encoge el ombligo. Aprendí de Paradela que después de los 45 empieza la década prodigiosa de todas las mujeres y eso me ayudó mucho a despedir la treintena con esperanza y sin amarguras. Aprendí de Paradela que a los animalitos adultos los esperan sus hijitos en casa y a las crías las esperan en casa sus papás y que por eso no debemos andar importunando a  ninguno, sólo quitarlos de donde nos estorban y dejarlos seguir felizmente su camino, a menos, claro está, que nos los vayamos a comer porque también aprendí de Paradela que la comida es, quizá, la manera mejor de celebrar y bendecir la vida.


Decía la escritora Isabel Allende que todos los amantes de la vida se sienten inmortales. No creo que haya nadie que amara más la vida que Paradela, pero ella siempre supo que era mortal y se obligaba a si misma a decir que era vieja para ir asumiéndolo de a poco, no fuera a ser que la vejez, la real, la sorprendiera de golpe, sin haberse enterado. También supo siempre, porque era sabia, que prefería calidad a cantidad y que llegado el momento partiría "ligera de equipaje, casi desnuda, como los hijos de la mar". Así se fue. Como Machado. Y el mismo día.


Su blog sigue abierto. Ella está allí. Ella, la mujer maravillosa que dos días después de someterse a una masectomía, reflexionaba sobre si aquella operación no debería llamarse mejor "menostetamía" y planeaba subir un pie a  los carritos de la medicación  y empujar con el otro para desplazarse a toda galleta por los pasillos del hospital, la que en invierno le cortaba a  su caballo Cuco el flequillo al estilo Amelie y en verano se lo dejaba largo para protegerlo de las moscas, la que le ponía a su gallo nombre y apellidos hidalgos para consolarlo de su timidez, la que plantaba frutales con los nombres de sus amigos. Ella.


En estos momentos me gustaría mucho ser creyente, poder creer en la imagen ideal de un cielo académico, ver a Paradela llegar allí y ser  abrazada por Antonio y Francisco, poetas de pobres y animales. Encontrarse una mesa con mantel de cuadros y disfrutar de una sobremesa larguísima. Eterna no porque también en la eternidad Paradela se pondría inmediatamente a organizarlo todo; convencería a Pedro para instalar un portero automático y lo mandaría a conducir el tractor, segar la hierba, sembrar guisantes y limpiar la cocina. Pero no lo soy, no soy creyente, aunque eso no me impedirá rezar por ella, pensar en ella, agradecerle a ningún Dios en concreto que la  pusiera en mi camino.

 Sus últimas palabras para mí fueron: vida feliz. Pondré de mi parte para que así sea.


Aprendí de Paradela lo que significa resiliencia.