SPIDERMAN



Recorre la vía con la tranquila destreza del que conoce cada paso de memoria. Trepa sin apenas esfuerzo y luego rapela hasta abajo. Conversa gesticulando mucho con dos o tres compañeros que algunas veces tratan de imitarlo. Sin éxito. Entonces él vuelve a empezar. Una y otra vez.

 Nosotros lo miramos desde lejos, atentos y embobados. Mi santo murmura que le encantaría hacer eso. Mis dos hijos empiezan a practicar en una roca cercana acusándose mutuamente de no tener ni idea. Hace mucho sol. Acabo de terminar un bocadillo que cuando lo preparé esta mañana en casa  era de lomo a la plancha y pan de centeno, pero que horas más tarde y en el monte es de pura gloria bendita. Paladeo el último trozo de chocolate mientras celebro este noviembre extraño y clemente que nos permite estirar el samiguel y seguir llevando manga corta. Encuentro y agradezco de corazón la rara plenitud que hay en el mundo; las voces y las risas de mis hijos, la mirada soñadora de mi santo, la obcecada tenacidad del hombre araña recorriendo incansable la caliza...

Me recuerdo  a mi misma, vehemente y equivocada, quince o veinte años atrás cuando le tenía pánico a los cuarenta y odiaba los domingos. Ni nostalgia ni vergüenza.