EL GOCE DE ESTAR TRISTE




Sólo me queda el goce de estar triste,
esa vana costumbre que me inclina
al sur, a cierta puerta, a cierta esquina

J.L Borges


Aprendí de Paradela que los tarros de salsa de  tomate casera es mejor guardarlos boca abajo y que si preparas el adobo (ajo, sal, perejil) con antelación y lo guardas en un recipiente de cristal en la nevera puedes tenerlo siempre listo y ahorrar mucho tiempo. También que uno debe dejar de beber cuando colocando los dedos índice y corazón  a ambos lados de la nariz los nota como ausentes y que envejecer es  comprobar como se nos encoge el ombligo. Aprendí de Paradela que después de los 45 empieza la década prodigiosa de todas las mujeres y eso me ayudó mucho a despedir la treintena con esperanza y sin amarguras. Aprendí de Paradela que a los animalitos adultos los esperan sus hijitos en casa y a las crías las esperan en casa sus papás y que por eso no debemos andar importunando a  ninguno, sólo quitarlos de donde nos estorban y dejarlos seguir felizmente su camino, a menos, claro está, que nos los vayamos a comer porque también aprendí de Paradela que la comida es, quizá, la manera mejor de celebrar y bendecir la vida.


Decía la escritora Isabel Allende que todos los amantes de la vida se sienten inmortales. No creo que haya nadie que amara más la vida que Paradela, pero ella siempre supo que era mortal y se obligaba a si misma a decir que era vieja para ir asumiéndolo de a poco, no fuera a ser que la vejez, la real, la sorprendiera de golpe, sin haberse enterado. También supo siempre, porque era sabia, que prefería calidad a cantidad y que llegado el momento partiría "ligera de equipaje, casi desnuda, como los hijos de la mar". Así se fue. Como Machado. Y el mismo día.


Su blog sigue abierto. Ella está allí. Ella, la mujer maravillosa que dos días después de someterse a una masectomía, reflexionaba sobre si aquella operación no debería llamarse mejor "menostetamía" y planeaba subir un pie a  los carritos de la medicación  y empujar con el otro para desplazarse a toda galleta por los pasillos del hospital, la que en invierno le cortaba a  su caballo Cuco el flequillo al estilo Amelie y en verano se lo dejaba largo para protegerlo de las moscas, la que le ponía a su gallo nombre y apellidos hidalgos para consolarlo de su timidez, la que plantaba frutales con los nombres de sus amigos. Ella.


En estos momentos me gustaría mucho ser creyente, poder creer en la imagen ideal de un cielo académico, ver a Paradela llegar allí y ser  abrazada por Antonio y Francisco, poetas de pobres y animales. Encontrarse una mesa con mantel de cuadros y disfrutar de una sobremesa larguísima. Eterna no porque también en la eternidad Paradela se pondría inmediatamente a organizarlo todo; convencería a Pedro para instalar un portero automático y lo mandaría a conducir el tractor, segar la hierba, sembrar guisantes y limpiar la cocina. Pero no lo soy, no soy creyente, aunque eso no me impedirá rezar por ella, pensar en ella, agradecerle a ningún Dios en concreto que la  pusiera en mi camino.

 Sus últimas palabras para mí fueron: vida feliz. Pondré de mi parte para que así sea.


Aprendí de Paradela lo que significa resiliencia.