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Es curiosa esa tan humana capacidad de las palabras para desprestigiarse a sí mismas. Dicen las palabras que no valen las palabras, que a ellas  se las lleva el viento y que obras son amores. Se culpan las palabras de ser vanas, inoportunas, pomposas. Huecas. Se atormentan las palabras por el oscuro remordimiento de haber estado  permanentemente al servicio del embuste y la estafa. De haber sido el arma más temible y peligrosa del tramposo.

Es curioso también el hecho incuestionable de que las peores (las mejores, pues) palabras contra las propias palabras han salido siempre de las bocas (y las plumas) de los que mejor las manejan y dominan, los adoptivos

hijos bien amados en los que ellas tienen tanta complacencia: Esopo, Homero, Dante, Cervantes, Quevedo, Shakespeare, Machado, André Gide, Cortázar... Y cuando alguien, cualquiera, fulanito de tal, habla poco, las propias palabras, tan celosas siempre de las altísimas cualidades que ellas mismas le atribuyen al silencio, compiten entre si para brindarle al callado los más rendidos elogios. Elogios que son palabras también, y por tanto, mentira.

Se humillan las palabras ante las miradas, los gestos y los hechos desnudos, y veces descarnados,  a los que otorgan el monopolio de la autenticidad. Se acobardan siempre las palabras ante el dolor extremo, ante el amor extremo, ante la extrema desgracia o la dicha extrema y cabecean, avergonzadas y fatalistas, antes de admitir que ninguna de ellas, ni siquiera todas juntas serían capaces de expresar cumplidamente la abrumadora magnitud de esas emociones.

 Se arrodillan con los ojos bajos las palabras ante el poder sereno y absoluto de una imagen a la que conceden la gracia de valer por más que mil de ellas, pero yo, que las amo mucho, pienso que también eso es mentira. Sé de sobra que hay palabras que valen mucho más que mil imágenes.